Sé que no es un nombre muy común para un gato, es más, nunca conocí a otra mascota que fuera llamada de ese modo. Sin embargo, tiene su explicación. Cuando llegó a la casa yo tenía cinco años, época en la cual como la mayoría de las niñas, adoraba a las muñecas. Sin conocer el motivo, a todas las bautizaba de la misma manera. Al ingresar a mi hogar, mi mamá me preguntó cómo quería que la llamáramos y apelando a mi originalidad exclamé: “Carolina”.
Siendo aún una gatita, no tenía mucho pelo y la verdad es que estaba bastante delgada. Poco a poco se transformó en una hermosa gata gorda y bien peluda.
Las veces que intentaba describirla, siempre venía a mi cabeza la imagen de que tenía tonos verdes. Al crecer, descubrí que los gatos no podían ser de ese color y que la mezcla infinita de sus manchas la hacían parecer así.
Todas las noches dormía a los pies de la cama de mi mamá; ni más lejos, ni más cerca y su ronroneo por aquellas horas era más bien silencioso.
La pobre tuvo que soportar la llegada de varias mascotas, entre ellas dos cocker bastante histéricas y cuatro ejemplares de su especie. Entre rencores y reencuentros, para demostrar su primacía y vigor, trajo por lo menos cinco ratones, lo cual no era ninguna gracia, pero ello la reconfortaba y ponía orgullosa.
Además de tener un nombre peculiar, poseía gustos exóticos: adoraba los espárragos. Cada vez que sentía su aroma se posaba al lado de uno y con sus enormes ojos verdes miraba fijo al plato hasta conseguir su objetivo. Luego, con un maullido de niño y lamiéndose los bigotes, culminaba el ritual.
Todos los que la conocieron y compartían el amor por los felinos, la encontraban hermosa; y realmente lo era. Su nariz rosada estaba delicadamente delineada de negro, una de sus patas traseras se cubría de blanco y su movimiento de cola y andar, eran más bien sensuales.
Antes de mi viaje al norte la miré revolcándose en mi patio y dije: “Es como una gata malvada y coqueta”. Fue la última vez que la vi con vida.
Al regresar y no hallarla, pensé de inmediato en lo peor, lo cual no es común porque como cualquier gato solía pasear por las noches y ausentarse. Al día siguiente, sin encontrarme en mi casa, telefoneé varias veces preguntando por ella, aún no llegaba.
Hoy a las 21:57 horas, recibí un llamado que no alcancé a contestar. Marqué el número de mi casa y la voz llorosa de mi madre rompió el silencio: se murió la Carolita.
La posible causa: un golpe que terminó por reventarle el hígado.
Hace unas horas, la sostuve ya sin respiración entre mis brazos. Con sus quince años y todo, seguía siendo igual de hermosa. Mientras su cuerpo calentito iba poniéndose cada vez más duro, mi corazón se ablandaba. Mientras sus ojitos cerrados descansaban de la vida, los míos no dejaban de llorar y clamar por ella. Podría seguir contando miles de sus historias, como cuando yo era chica y la paseaba en mi coche de muñecas por mi casa, o por ejemplo que hace menos de un mes fue la primera vez que quiso dormir en mi cama, o que nunca nadie va a poder reemplazar el hecho de que haya sido mi primera mascota.
En estos momentos, en los cuales no creo en nada, sólo espero que ella, al igual que el resto de los animales, que no piden ni buscan la trascendencia como nosotros, sepan desde algún lugar del universo, que son capaces de generar un amor y una felicidad tan grande, que los hace ser simplemente infinitos.